24 de agosto. Una fecha que es recordarla y esbozar una leve sonrisa. Aquel día del 2009 fue cuando marché de Madrid de vuelta, por última vez, a la segunda casa, Vizcaya, que siempre ha sido mi destino predilecto y donde mejor me he encontrado, fuese la situación que fuese. Un lugar de retiro para descansar, pensar y disfrutar con los diversos paisajes que este territorio histórico me ha dado. Salí del bullicio madrileño que a pachas he amado y he odiado para pasar a la rutina de la carretera para terminar llegando al verde y húmedo norte.

Y fueron tres semanas difíciles de olvidar, por lo bueno y malo que pasó. Pero eso son las anécdotas que he contado en algunas ocasiones. Es verdad que echo de menos aquel paisaje, aquella libertad que se respiraba frente al mar sentado en el rompeolas del faro viendo cómo de largo se extiende el Cantábrico, ya estuviera despejado o borrascoso. Son esos espacios de tiempo que te da para hacer fotos, para respirar hondo, llenarse de aquel aire que añoro más que nunca, para pensar en tus cosas o para escribir lo primero que te venga a la cabeza estando allí y lo anotes en el blog que llevas o lo resaltes en las piedras.

Salí de Madrid casi como esperanzado de que la vuelta a la capital me deparara una sorpresa. Al día siguiente de volver me deparó dos. Una, más que inesperada, y otra, deseada desde hacía poco tiempo. Deseo convertido en esperanza, esperanza transformada en sueño y sueño truncado dada su naturaleza, porque al fin y al cabo, los sueños, sueños son.

Hoy, un año después, no paro de recordar aquellas cuatro semanas que pudieron darme la esperanza de pegar el cambio que tanto anhele desde finales de octubre del 2008 y mediados de marzo del 2009.

Y en un viaje tan largo como es el de Madrid a Bilbao, cerca de cuatro horas y media, hay mucha música que escuchar, o algún periódico o libro que leer. Y he aquí la primera que escuché nada más enfilar el camino, que aunó las ganas con una conversación la noche previa a partir.